Otro libro que leí en aquella época fue Las aventuras de Tom Sawyer, de Mark Twain. Tom era un niño huérfano que vivía con su tía y con su hermano. No le gustaba ir a la escuela. Ni tampoco los zapatos. A decir verdad, odiaba ponerse los zapatos. A él, lo que de verdad le gustaba, era irse al río Misisipí con su amigo Huckleberry Finn a pescar y a ver pasar los grandes barcos que transportaban algodón y pasajeros hasta la ciudad de Nueva Orleans. Los dos juntos –o por separado– se metían en mil y un problemas que casi siempre acababan bien.
Sin embargo, el libro que más me impresionó, el que más gratamente recuerdo, el que me leía una y otra vez fue El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, de don Miguel de Cervantes, en una edición abreviada e ilustrada para niños que me regalaron cuando cumplí doce años. Era un libro de aventuras, pero no como las de Tom y Huck o las de John Silver el Largo. Las aventuras de don Quijote –acompañado de su fiel escudero Sancho Panza– ocurrían casi siempre en su imaginación. Eso era lo que me gustaba de aquel libro. Todo lo que pasaba era fruto del poder de la palabra impresa, pues don Quijote había enloquecido leyendo libros de caballeros andantes. Cómo disfruté cuando don Quijote se enfrentaba a los molinos de viento que él creía malvados gigantes o cuando el hidalgo manchego veía a un ejército a punto de entrar en combate allí donde sólo había un rebaño inmenso de ovejas.
Sin embargo, el libro que más me impresionó, el que más gratamente recuerdo, el que me leía una y otra vez fue El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, de don Miguel de Cervantes, en una edición abreviada e ilustrada para niños que me regalaron cuando cumplí doce años. Era un libro de aventuras, pero no como las de Tom y Huck o las de John Silver el Largo. Las aventuras de don Quijote –acompañado de su fiel escudero Sancho Panza– ocurrían casi siempre en su imaginación. Eso era lo que me gustaba de aquel libro. Todo lo que pasaba era fruto del poder de la palabra impresa, pues don Quijote había enloquecido leyendo libros de caballeros andantes. Cómo disfruté cuando don Quijote se enfrentaba a los molinos de viento que él creía malvados gigantes o cuando el hidalgo manchego veía a un ejército a punto de entrar en combate allí donde sólo había un rebaño inmenso de ovejas.
